4 de junio de 2010

¿BUSCO SER COMPADECIDO?

De nuevo me quejo, llorando, por lo que vivo y tu con mucha ternura me dices que sí, que es grave y doloroso pero me propones vivirlo de otra manera porque estas convencido de que el dolor no tiene que hacer de mi vida una “triste vida”. El dolor no se irá, me recuerdas, pero ¡no tiene por qué tener la última palabra sobre ti!

Yo entiendo que me estás sugiriendo que deje de auto-compadecerme y que renuncie a causar compasión, a dar lástima. Mi primer impulso es negarlo, pero me recuerdo a mi misma que precisamente esta semana me había dicho que ya estoy cansada de llorar, estoy cansada de vivir así y tengo que admitir, como Don Salcedo en la novela de Miguel Délibes, que “el placer de ser compadecido no basta para llenar una vida”. Está bien, lo admito, al igual que Bernardo Salcedo, me he atribuido un sentimiento de dolor tan fuerte como nadie ha sentido en el mundo.

-Pero, si dejo la auto-compasión ¿qué me queda entonces? ¿cómo hago? ¿cómo actúo? ¡no sé vivir de otra forma!
Y sin dejarte hablar continúo:
- Además, a ver ¿qué gano si lo dejo? ¿Qué gano si dejo de buscar la compasión de los demás? Porque todos sabemos que uno solo renuncia a algo por otra cosa mejor, y te advierto que “tenerlo” me hace sentir cierta seguridad, me da el placer de llamar la atención, siento que me da el poder de tener a los demás preocupados por mí.
-En realidad todo esto es falso – me respondes – si te ves a ti misma verás que actuando como hasta ahora ni estás segura, ni te quiere nadie más, ni dominas los pensamientos de los otros, ni mucho menos se alivia tu sufrimiento.
-¿Entonces?
-Entonces lo que en realidad sucede es que te esclaviza, te produce sentimientos y sensaciones agradables, pero pasajeras y cuándo estas pasan...
-¡Pues quiero más! Quiero volver a sentirme bien… pero…
-Pero estás siendo cada vez menos libre, cada vez dependes mas de esos sentimientos que son huecos, que no solo no te hacen más segura, sino que ocupan el lugar del verdadero amor que les tienes a los demás y que otros tenemos por ti.
-¿Estas queriendo decir que estoy renunciando a ser libre?

Tu callas, y yo me quedo en silencio mirándote, pero algo en mi interior me dice que sí, que estoy cambiando ser libre por llamar la atención, por seguir actuando “como siempre” y porque creo que portarme así me hace especial... aunque sé que no es así… de pronto escucho mi voz interior que protesta, se defiende diciendo “tengo un problema que me duele más que a nadie en el mundo”, “¡soy la que más sufre!” y consigue despertar en mi ese sentimiento de ¡Ay, pobrecita de mi! que jamás admitiría en voz alta, pero que me hace romper el silencio recordándote que en mi familia las cosas no eran perfectas, que no es esto – lo que vivo- lo que yo hubiera querido, que otros viven una vida distinta, mas fácil, con menos dolor, que yo soportaría mejor otro tipo de problemas… en fin busco mas y mas justificaciones para seguir viviendo como hasta ahora, busco distraerte y voy distrayéndome de mi misma, alejándome de la puerta que he abierto con mi última pregunta: "¿estoy renunciando a ser libre?"

Tu retomas la conversación, ayudándome a encontrar la salida:
-Me parece que el problema se reduce a elegir entre compasión o libertad… míralo así, si renuncias compadecerte y a buscar que otros te tengan lástima, eres mas libre, recuperas tu libertad.
Tras unos segundos, aún sin reponerme del todo, sin recobrar toda mi atención, me animo a decir:
-Me atrae lo que me propones y hasta me parece interesante, pero… siento miedo. Me gustaría tener más libertad, recuperar MI libertad, pero la tengo perdida y no sé qué haría con ella…
-¿Llevas mucho tiempo haciéndolo?
-¿El qué?
-El auto-compadecerte, llamar la atención de los demás
-Pues… es mío, es parte de mí, me hace sentirme singular, diferente
-No te engañes, no es tuyo, te has acostumbrado, pero no es tuyo, no es de ti, lo que es tuyo es tu libertad. Y además, mas allá de cómo te sientas, eres única.
-Pero me da miedo cambiar, ¿por qué? si ser más libre es algo bueno ¿por qué me da miedo?
-Porque estas acostumbrada a no serlo y temes perder algo que has considerado como tuyo hasta ahora, porque renunciar cuesta, dejar lo que creemos nuestro duele y nos da miedo que nos duela. Es decir tu “mujer vieja” no quiere que tu cambies, no quiere morir...

Haces una pausa esperando mi respuesta, que al fin llega y con alegre determinación, llena de esperanza exclamo:
- Yo lo que quiero es ¡ser LIBRE!
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