14 de junio de 2010

TOBOGÁN EMOCIONAL

¿Has notado que una mortificación, un disgusto, una mala noticia, una decepción, sentirte mal o muy cansado, se convierte para ti en una especie de “empujoncito” que te lleva a caer en ese sentimiento “de siempre”, ese sentimiento que casi podríamos decir te caracteriza porque con frecuencia estas luchando contra él?

Aunque al principio tu velocidad es muy pequeña, te deslizas con tal suavidad que pronto te mueves muy rápido y pasas, sin control, por el centro del tobogán a una velocidad vertiginosa, reviviendo la excitante experiencia de siempre, para continuar acelerando hasta llegar a… ¡la desesperanza!

O al enojo, miedo, angustia, ansiedad, tristeza,… cada uno tenemos nuestra propia “piscina” a dónde frecuentemente nos encontramos inmersos. Esta piscina de la que tantas veces hemos intentado salir, pero a la que regresamos una y otra vez deslizándonos en nuestro propio tobogán emocional. Tobogán ya sea de la preocupación, de la tristeza, del enfado o algún otro al que estamos de cierta forma “adictos” por los patrones que en nuestra conducta y en nuestro cerebro hemos ido labrando a través de los años. Tobogán que, como una tentación, nos atrae más y más cada vez que realizamos el emocionante viaje, aunque no tengamos realmente unos motivos reales o racionales para sentirnos así.

¿Cómo dejar de nadar en tan desagradable piscina? ¿Cómo dejar de angustiarme, enfadarme, irritarme, asustarme, entristecerme, ... ? Porque ciertamente hemos comprobado que resulta muy desgastante intentar detenernos una vez que nuestras emociones nos arrastran, ¿cuántas veces hemos intentado en vano no ponernos por ejemplo desproporcionadamente ansiosos, tristes o desesperados? ¡Que poco éxito tenemos en encontrar una forma creativa y eficaz de no caer en la piscina cuando vamos bajando a toda velocidad en esa pendiente tan inclinada!

Pero ¿Qué tal si en vez de intentar no caer en la piscina o salirnos de la piscina lo más rápido posible, mejor aprendemos a evitar arrojarnos por el tobogán?

Ya que arrojarnos en el tobogán es un hábito para nosotros, la pregunta es entonces ¿cómo romper con nuestro “hábito emocional”? primero revisemos nuestros motivos, preguntémonos ¿qué es lo que realmente quiero? ¿quiero seguir siendo esclava del tobogán o tener la libertad de vivir la alegría y la paz? Si lo que busco es ser libre, hagamos como con todos los hábitos a romper, necesitamos un acto consciente que contrarreste el hábito hasta que formemos uno nuevo, ésta vez uno positivo.

¿Cuál es el sentimiento contrario al que me lleva mi tobogán? Por ejemplo si tiendo a la desesperanza estaré hablando de la confianza, si de la ansiedad de la tranquilidad,… ¿Qué cosas en mi vida cotidiana o en mi historia personal me generan este sentimiento positivo? encontremos una breve lista de 3 o 4 momentos o personas que nos producen este sentimiento, yo por ejemplo al pensar en mi hija riendo, no tengo como no sentirme feliz y al recordar ese premio que recibí en mi adolescencia revivo la alegría del momento...

Utilicemos la imaginación y la memoria, junto con un esfuerzo, para “acercarnos” a ese sentimiento positivo cada vez que tengamos la tentación de arrojarnos por el tobogán. Esto ciertamente implicara, sobre todo al principio un esfuerzo, pero poco a poco iremos liberándonos de ese desagradable chapuzón. Poco a poco iremos labrando un nuevo hábito que, esta vez nos arrastrará a la tranquilidad y paz, aún en los momentos más adversos.

¡Ah! y ¡celebremos nuestros triunfos, por pequeños que sean porque a cada paso estamos un poco más cerca de nuestra meta: la libertad!
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