7 de marzo de 2010

UNA ALEGRÍA NO ES LA META


Estuve el fin de semana visitando a mi hija, pasé hermosos momentos a su lado, conversamos, reímos, nos abrazamos, paseamos, compramos,… me presentó sus nuevas amistades y participé de sus nuevas actividades. Además aproveche el viaje para visitar también a una querida amiga que vive en otro pueblo cercano, ¡cuánto hemos reído! y también llorado, pues hace un par de semanas falleció su papá tras una larga convalecencia.
¡Qué hermosos días, compartiendo tantas horas de alegría con dos de las personas que más quiero!
¡Cuántas cosas buenas viví en tan corto tiempo!
¡Cómo me hubiera gustado que ese tiempo no acabara!
¡Cómo me gustaría que estuviéramos así, juntas, siempre!
Regresé a casa experimentando dolor-alegría: con el corazón triste por las despedidas, pero también alegre por los días vividos. Si, en una parte de mi corazón muy profunda, más profunda que de donde brotaba el dolor de la separación, iba comenzando a brillar una llama pequeñita que poco a poco fué creciendo, dándome una sensación de cálido consuelo y, que aún con lágrimas en los ojos, me dibujaba una leve sonrisa en los labios. Una llama que fue convirtiendo esa tímida sonrisa en sincera alegría y en gratitud por los momentos vividos.
Atesoro estos días como una promesa, como “una probadita” de lo que será vivir la Alegría eterna, como un aliciente en mi caminar diario en este mundo, como una invitación a no perder de vista la Verdadera Meta, una exhortación a seguir entusiastamente ¡adelante, siempre adelante!
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