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21 de enero de 2011

MUERTE DIGNA, FACILITAR LA MUERTE. EUTANASIA IV. PUERTA FALSA


http://www.youtube.com/watch?v=6o-S1-Dv3NQ&feature=related

Raul de 37 años, habla de cómo ha sido su vida desde que le diagnosticaron una enfermedad degenerativa incurable llamada Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA). Raúl explica a la ELA como “una vela encendida te funde los nervios y te deja el cuerpo como un montón de cera, suele empezar por las piernas y va subiendo, al final si sigues vivo estas respirando por un tubo que te pasa por un agujero de la garganta mientras tu alma completamente despierta está presa en una cáscara flácida, quizá se es capaz de pestañear o de chascar la lengua como un ser de una película de ciencia ficción”
Raul comparte que a pesar de sus crecientes limitaciones y dificulades, “cada época (de la vida) tiene sus buenos momentos, ahora hay muchos, incluso más que antes, o a la mejor es que cosas a las que antes no daba valor las valoro mucho mas. Ha cambiado la forma de relacionarse (con los amigos y familiares) pero lo importante es tener al lado a las personas que queremos y estar a su lado en los buenos y los malos momentos”.
Raul tiene su propio blog en el que invita a reflexionar partiendo de su experiencia personal, escribe pensando en otros que como él enfrentan situaciones difíciles en una sociedad dónde todo parece tener un valor comercial: “¿Por qué se habla de facilitar la muerte y no de facilitar la vida?, los dos temas son importantes, pero ¿cuál vende?”
Profundizando sobre esta línea de pensamiento dice: “Si tu vida como enfermo es indigna pero te ofrecen muerte digna, ¿cuántos enfermos optarán por no luchar?” Y tras preguntarse si “¿es esa una decisión libre?” él mismo responde enérgicamente: “¡NO! por eso se debe hablar y avanzar en todos los derechos del enfermo a la vida, no solo a la muerte que es lo que vende”.

4 de junio de 2010

¿BUSCO SER COMPADECIDO?

De nuevo me quejo, llorando, por lo que vivo y tu con mucha ternura me dices que sí, que es grave y doloroso pero me propones vivirlo de otra manera porque estas convencido de que el dolor no tiene que hacer de mi vida una “triste vida”. El dolor no se irá, me recuerdas, pero ¡no tiene por qué tener la última palabra sobre ti!

Yo entiendo que me estás sugiriendo que deje de auto-compadecerme y que renuncie a causar compasión, a dar lástima. Mi primer impulso es negarlo, pero me recuerdo a mi misma que precisamente esta semana me había dicho que ya estoy cansada de llorar, estoy cansada de vivir así y tengo que admitir, como Don Salcedo en la novela de Miguel Délibes, que “el placer de ser compadecido no basta para llenar una vida”. Está bien, lo admito, al igual que Bernardo Salcedo, me he atribuido un sentimiento de dolor tan fuerte como nadie ha sentido en el mundo.

-Pero, si dejo la auto-compasión ¿qué me queda entonces? ¿cómo hago? ¿cómo actúo? ¡no sé vivir de otra forma!
Y sin dejarte hablar continúo:
- Además, a ver ¿qué gano si lo dejo? ¿Qué gano si dejo de buscar la compasión de los demás? Porque todos sabemos que uno solo renuncia a algo por otra cosa mejor, y te advierto que “tenerlo” me hace sentir cierta seguridad, me da el placer de llamar la atención, siento que me da el poder de tener a los demás preocupados por mí.
-En realidad todo esto es falso – me respondes – si te ves a ti misma verás que actuando como hasta ahora ni estás segura, ni te quiere nadie más, ni dominas los pensamientos de los otros, ni mucho menos se alivia tu sufrimiento.
-¿Entonces?
-Entonces lo que en realidad sucede es que te esclaviza, te produce sentimientos y sensaciones agradables, pero pasajeras y cuándo estas pasan...
-¡Pues quiero más! Quiero volver a sentirme bien… pero…
-Pero estás siendo cada vez menos libre, cada vez dependes mas de esos sentimientos que son huecos, que no solo no te hacen más segura, sino que ocupan el lugar del verdadero amor que les tienes a los demás y que otros tenemos por ti.
-¿Estas queriendo decir que estoy renunciando a ser libre?

Tu callas, y yo me quedo en silencio mirándote, pero algo en mi interior me dice que sí, que estoy cambiando ser libre por llamar la atención, por seguir actuando “como siempre” y porque creo que portarme así me hace especial... aunque sé que no es así… de pronto escucho mi voz interior que protesta, se defiende diciendo “tengo un problema que me duele más que a nadie en el mundo”, “¡soy la que más sufre!” y consigue despertar en mi ese sentimiento de ¡Ay, pobrecita de mi! que jamás admitiría en voz alta, pero que me hace romper el silencio recordándote que en mi familia las cosas no eran perfectas, que no es esto – lo que vivo- lo que yo hubiera querido, que otros viven una vida distinta, mas fácil, con menos dolor, que yo soportaría mejor otro tipo de problemas… en fin busco mas y mas justificaciones para seguir viviendo como hasta ahora, busco distraerte y voy distrayéndome de mi misma, alejándome de la puerta que he abierto con mi última pregunta: "¿estoy renunciando a ser libre?"

Tu retomas la conversación, ayudándome a encontrar la salida:
-Me parece que el problema se reduce a elegir entre compasión o libertad… míralo así, si renuncias compadecerte y a buscar que otros te tengan lástima, eres mas libre, recuperas tu libertad.
Tras unos segundos, aún sin reponerme del todo, sin recobrar toda mi atención, me animo a decir:
-Me atrae lo que me propones y hasta me parece interesante, pero… siento miedo. Me gustaría tener más libertad, recuperar MI libertad, pero la tengo perdida y no sé qué haría con ella…
-¿Llevas mucho tiempo haciéndolo?
-¿El qué?
-El auto-compadecerte, llamar la atención de los demás
-Pues… es mío, es parte de mí, me hace sentirme singular, diferente
-No te engañes, no es tuyo, te has acostumbrado, pero no es tuyo, no es de ti, lo que es tuyo es tu libertad. Y además, mas allá de cómo te sientas, eres única.
-Pero me da miedo cambiar, ¿por qué? si ser más libre es algo bueno ¿por qué me da miedo?
-Porque estas acostumbrada a no serlo y temes perder algo que has considerado como tuyo hasta ahora, porque renunciar cuesta, dejar lo que creemos nuestro duele y nos da miedo que nos duela. Es decir tu “mujer vieja” no quiere que tu cambies, no quiere morir...

Haces una pausa esperando mi respuesta, que al fin llega y con alegre determinación, llena de esperanza exclamo:
- Yo lo que quiero es ¡ser LIBRE!

21 de julio de 2009

CAMBIO DE SENTIDO

-“Rosa, cambio de sentido”. -“Si, si, cambio de sentido”.
-“Rosa, cambio de sentido, salga en la próxima salida”. -“Si, si, cambio de sentido”.
Otro “Si, si” y nada… seguíamos dando vueltas a la glorieta. ¡Comenzábamos la tercera vuelta! Rosa aferrada al volante, alternando la vista al infinito y a las salidas de la glorieta conforme iban pasando, la velocidad constante y yo junto al examinador en el asiento de atrás haciendo un esfuerzo por no reir (bueno me reía un poco pero dentro de mi, uno no sabe muy bien que hacer cuándo viaja de pasajero en el examen de manejo de otra persona, así que opté por reírme bajito, por dentro). El examinador comenzaba a hablar con mas firmeza:

20 de julio de 2009

MUJER CON BALANZA

¿De dónde obtener pistas para el debate entre cómo conciliar familia y trabajo de tal forma que no nos quedemos tan solo debatiendo, denunciando, acusando, reclamando, discutiendo…? Es más, ¿con que luces debemos iluminar nuestras opciones para tomar la mejor decisión en cada circunstancia de nuestra vida?Con un poco de astucia y otro poco de prudencia podemos descubrir en este cuadro de Jan Veermer llamado “Mujer con Balanza” una admirable revelación de elementos clave para nuestra toma de decisiones.